Sepia
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Cuento · San Luis Potosí, S.L.P, 2026
Siempre me han gustado las películas viejas. Cuando era pequeña solía verlas con mi abuela en De Película, aquel canal viejo mexicano que pasa películas a blanco y negro, que nadie en realidad ve, pero sigue existiendo por mera nostalgia. Las veíamos en la sala después de la comida mientras mi abuelo dormía en su habitación, intentábamos no hacer ruido, y cada vez que mi abuelo gritaba que bajáramos el volumen, mi abuela se encogía, se hacía pequeña. Y nunca entendí el por qué.
Y aunque siempre me han gustado las películas mexicanas, nunca me ha molestado como se retrata mi país en películas gringas. Aquel lugar desértico, con un filtro sepia y señores bigotones con sombreros charros. Para muchos es estereotípico y controversial disfrutar este tipo de contenido, pero para mí, es mi infancia, es lo que he conocido creciendo en este lugar demasiado complicado. Son los juegos de trompo, y los tatuajes de estampa, el gel con brillos, y la palpable inseguridad. La efímera felicidad.
Pero claro, yo no sabía eso, era una niña. Éramos niños todos.
Crecí alrededor de risas y fiestas con castillos inflables. Existía una niña que siempre iba a mis fiestas de cumpleaños, no era de mi familia, pero era tan común abrir tu hogar a tus vecinos, a tu comunidad. Le decíamos Clarita, era güerita con los ojos grandes y verdes, tenía la risa más melodiosa que yo había escuchado en mi vida. A veces sentía envidia, por su belleza y su facilidad de iluminar una habitación, pero me compartía de sus galletas de animalitos y tomábamos de la misma caja de jugo, y eso era suficiente para saber que era mi amiga. Esos son buenos recuerdos, los tengo en mi memoria pintados de un color tostado, cálido, hogareño. Era hija de Esther, la señora que vendía jugos los fines de semana, una señora amable con manos arrugadas que amaba a su hija con locura.
“Cuídala mucho, Esthercita, que a las niñas bonitas las andan robando”, le decían todos y Esther sólo asentía abrazando a su niña. Yo jamás entendí eso, digo, ¿Qué le querrán robar a una niña de 6 años? Pero mis dudas nunca tuvieron respuesta, pues al pasar de los años Clarita dejó de aparecer en las fotos de mis cumpleaños, la silla con dibujos de princesas que ella ocupaba quedó vacía, y yo en realidad nunca supe por qué. Mi mamá me explicó que Clarita y su familia se habían ido a vivir a otra colonia porque aquí no le iba tan bien a su mamá con sus jugos, no vendía tanto.
Y no lo cuestioné, ojalá lo hubiera hecho.
Llevo tatuadas en el corazón las largas caminatas por la colonia Hogares, de la mano de mi mamá. Aquellas veces que nos escapábamos de mi papá y nos íbamos a comprar refrescos en bolsa o raspados de rompope, y mi mamá apretaba mi mano con fuerza cada vez que una camioneta se paraba a nuestro lado.
Pero yo aún no era nadie, aún me callaban en las reuniones familiares porque nadie quiere escuchar a una simple niña, ¿Por qué preguntaría algo tan obvio? A mi mamá claramente le preocupaba que un carro me pegara, nada más y nada menos.
Y cuando fui creciendo, fue que se terminaron las largas caminatas. Le pregunté a mi mamá por qué ya no podía salir con blusas de tirantes cuando íbamos a la tienda. Nunca me dio respuesta. Solo recuerdo veranos calurosos y aquel día en el que yo traía puesta una falda de flores y mis sandalias de plataforma, mi hermana había pintado mis uñas de rosa. Ese día, de repente, me acordé de Clarita, de seguro ella también se vestía así ahora que éramos más grandes.
Mi hermana y yo decidimos ir nosotras a la tienda a espaldas de mi mamá, y quisiera jamás haber tomado esa decisión. Aún recuerdo el grupo de niños, algunos hasta más jóvenes que yo, gritarme que me quitara la ropa, seguirme a casa entre risas mientras yo me retorcía del horror. Y llegar a casa con mi mamá, recibiéndome con un “¿Y qué quieres que haga? Son los escuincles de la colonia del Polvorín, nada más no salgas vestida así y ya”.
Yo tenía 11 años.
Quisiera haber escuchado a mi mamá y haber traducido sus apretones de mano y sus palabras de advertencia. Era miedo, todo lo que teníamos era miedo. Y aunque bloqueé la mayoría de ese recuerdo, tengo clara en la mente el color con el que se pintó mi vida desde ese entonces.
Fue entonces que el tono sepia fue desapareciendo de a poco, tornándose un gris azulado, un tono de realidad.
Llegó un día en el que ya no era una niña, mi voz ya no era tan aguda, mi cuerpo no era el mismo, y mis entrañas se rehusaban a afrontar el mundo por lo que era. ¿Cómo puede uno volver a creer, volver simplemente a ser? Después de haber visto la verdad, de haberla vivido.
¿Cómo hacerlo? Imposible, aún más cuando, años después de que pasó, mi mamá me confesó la verdad sobre Clarita.
Clarita desapareció sin rastro, jamás la volvieron a ver con vida. Y su madre se mudó porque encontraron la ropita que traía la niña en un lote baldío cerca de su casa,machada de sangre, y el sonido de su corazón quebrándose se escuchó por toda la colonia.
Se me cayó el corazón a los pies cuando me dijo lo que Clarita traía puesto: una falda de flores.
No he vuelto a usar nada con flores desde ese entonces.
¿Será eso crecer? No poder voltear a ver aquello que amaba porque ahora está manchado de tinta indeleble. Me encantaría ser más optimista, pensar en mi vida en este lugar y quedarme con los tazos y las botellas de Coca Cola retornables. Pero la realidad es que no camino por estas calles segura, no conozco a nadie que viva aquí que no tenga estas historias, y no sé cómo robar de regreso mi ignorancia. Quisiera rogar por ella. Quisiera tantas cosas.
Quisiera recordar la risa de Clarita, quisiera haber apretado la mano de mi mamá, quisiera haber sido la salvadora de las mujeres de mi vida. Quisiera, quisiera, y vuelvo a querer.
Al final del día, el querer no basta en este lugar.
Siempre me han gustado las películas viejas, el sentimiento de ver frente a ti algo que ya no existe, algo que se ha esfumado como humo en el aire. Veo la imagen a blanco y negro y observo lo más hermoso que he tenido y que se ha deslizado entre mis dedos. Mis sueños, mi identidad, y mi amor, plasmados en la pantalla como si fueran antiguos, oxidados, obsoletos. Completamente olvidados.
Intento mantenerlos vivos en mi memoria, pero han sido plagados con el azul más frío. Melancolía, madurez.
Si cierro los ojos, puedo ver serpentina de colores, y cabello dorado, y agua cristalina, y sandalias de plataforma. Si cierro los ojos, estoy ahí de nuevo. Quizá así lograría regresar, volver a estar abrazada de mi abuela, volver a aquellas películas gringas; volver, volver, y volver.
Pero ya es muy tarde, De Película ha dejado de pasar mi filme favorito, mi abuela ya no está, y yo he apagado el televisor.
SUSANA FONSECA | San Luis Potosí, S.L.P. 2026
Comunicóloga egresada de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y creadora interdisciplinaria que trabaja entre la fotografía, la escritura y la comunicación cultural. Su trabajo explora la memoria, la experiencia humana y la perspectiva de género — narrativas que buscan no solo comunicar, sino generar reflexión y conexión con quien las recibe.
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