Antes de que existieran la música electrónica, el industrial o el noise, alguien imaginó una orquesta hecha de motores, sirenas y maquinaria.
Esta es la historia del manifiesto que cambió para siempre nuestra forma de entender el sonido.
Hay compositores que dedicaron su vida a perfeccionar el silencio entre las notas. Y hay quien decidió que el motor de un camión, un tranvía frenando o una multitud gritando eran más honestos que cualquier violín.
Columnista: Yael Hervert | Tampa, FL | Julio 2026
La historia de la música occidental es, en parte, la historia de lo que se decide dejar afuera. Durante siglos, “sonido musical” significó una cosa muy específica: notas afinadas, timbres puros, un puñado de instrumentos heredados de la tradición orquestal. Todo lo demás —el ruido de la calle, de la fábrica, de la guerra— quedaba del otro lado de la frontera, como interferencia. En 1913, un pintor italiano decidió que esa frontera era arbitraria, y se propuso borrarla.
La noche en el Teatro Costanzi
Todo empieza en Roma, en una sala llena de gente. Luigi Russolo —pintor futurista, sin formación musical formal— está sentado junto a Marinetti, Boccioni y Balla, escuchando en vivo una pieza de su amigo, el compositor Francesco Balilla Pratella. La música es nueva, ruidosa para su época. Y sin embargo, piensa Russolo, sigue estando hecha de los mismos timbres de siempre.
Esa misma noche le escribe una carta a Pratella. La carta se convertirá en uno de los manifiestos más influyentes —y menos escuchados en su momento— de las vanguardias del siglo XX: L’arte dei Rumori, El Arte de los Ruidos.
La tesis: el oído ya cambió, la música no
El argumento de Russolo tiene una lógica casi biológica. Sostiene que la vida antigua transcurrió en silencio, y que fue recién con la industrialización del siglo XIX que el Ruido —así, con mayúscula— nació como fuerza dominante sobre la sensibilidad humana. El oído del hombre moderno ya convive todos los días con motores, sirenas, multitudes, maquinaria. Pero la orquesta sigue ofreciéndole cinco familias de instrumentos y un puñado de timbres “puros”, como si nada hubiera pasado afuera de la sala de conciertos.
Para Russolo, eso es un desfase insostenible. Si el oído evolucionó, la música tiene que evolucionar con él. Y para ordenar ese universo sonoro que la tradición había descartado, propone algo casi de naturalista: clasifica los ruidos en familias —estruendos, silbidos, murmullos, crujidos, voces— según su origen, como quien arma un herbario del mundo industrial.
Los intonarumori: la teoría hecha caja de madera
Russolo no se conformó con el papel. Construyó la prueba. En 1913 diseñó los intonarumori —”entonadores de ruido”—, una familia de cajas acústicas con manivela, cada una capaz de producir un tipo específico de ruido y afinarlo dentro de una escala musical. No eran instrumentos en el sentido clásico: eran algo a medio camino entre la orquesta y el taller mecánico.
Con ellos armó lo que hoy se reconoce como de los primeros “conciertos de ruido” documentados de la historia: sesiones pensadas enteramente alrededor del ruido como material compositivo, no como accidente que hay que disimular.

El escándalo de Módena
El estreno no fue una victoria. En junio de 1913, en el Teatro Storchi de Módena, Russolo presentó un “detonador” que imitaba el ruido de un motor de combustión con una gama de diez alturas distintas. Se calcula que asistieron cerca de dos mil personas. La respuesta no fue precisamente entusiasta: el concierto derivó en disturbios, y la prensa local lo describió como puro estruendo sin lógica ni estética.
Russolo había anticipado algo que solo se confirmaría décadas después: proponer el ruido como arte genera el mismo rechazo instintivo que genera el ruido como fenómeno urbano. La incomodidad no era un efecto secundario del manifiesto. Era, en gran medida, el punto.
Lo que Russolo no alcanzó a escuchar
Gran parte de los planos y grabaciones originales de los intonarumori se perdieron durante la Segunda Guerra Mundial. Durante décadas, el manifiesto circuló en español de forma fragmentaria, muchas veces en traducciones de aficionados. Recién en 2018 una editorial argentina publicó la primera versión completa traducida directamente del italiano, con prólogo del musicólogo Luciano Chessa; una segunda edición llegó en 2021.
Ese trabajo editorial tardío importa porque devuelve al manifiesto su condición de documento completo, y no solo de frase de cabecera. Porque lo que Russolo escribió en 1913 terminó siendo el antecedente directo de corrientes que él nunca llegó a escuchar: la música concreta, el industrial, el noise, buena parte de la experimentación electroacústica del siglo XX. Un pintor sin formación musical formal terminó adelantando, con una caja de madera y una manivela, una pregunta que el arte sonoro sigue haciéndose hoy.
Lo que este manifiesto tiene de vigente
La pregunta de Russolo no era ingenua ni provocadora por provocar: ¿dónde termina el sonido y empieza el ruido? Su respuesta —que esa frontera es cultural, no acústica— sigue siendo la base de buena parte de la práctica sonora contemporánea. El manifiesto no pide amar el caos. Pide escucharlo con la misma atención compositiva que se le da a una nota afinada.
Cien años después, seguimos decidiendo qué sonidos merecen llamarse música. Russolo fue de los primeros en insistir en que esa decisión nunca fue neutral.
Referencias
Fuentes primarias
Russolo, L. (1913). El arte de los ruidos [carta-manifiesto dirigida a Francesco Balilla Pratella].
Russolo, L. (2018/2021). El arte de los ruidos. Prólogo de Luciano Chessa. Buenos Aires: Dobra Robota Editorial.
Lectura crítica recomendada
Kahn, D. (1999). Noise, Water, Meat: A History of Sound in the Arts. MIT Press.
Chessa, L. (2012). Luigi Russolo, Futurist: Noise, Visual Arts, and the Occult. University of California Press.
Archivos e instituciones
“El arte de los ruidos” — Wikipedia en español: es.wikipedia.org/wiki/El_arte_de_los_ruidos
Proyecto IDIS — “Intonarumori” y “El arte de los ruidos”: proyectoidis.org
La Central — “Luigi Russolo. El arte de los ruidos. La música futurista”: lacentral.com
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