Una Virgen María Peculiar
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Cuento · Utiel, Valencia, España, 2026
Maria Dolores Sherezade Ariana Carlota Olivares de la Sierra se ajustó el pañuelo que tapaba su cabello, quitó las minúsculas motas de polvo inexistentes de su vestido y con un suspiro salió de casa lista para comprar algunas cosas en el mercado.
Era la hija del herrero del pueblo, un hombre bastante parco en palabras, pero mucho en hechos.
Y por alguna razón se le había metido en la cabeza que era hora de casarla.
¿El problema? Que su gusto era algo… Deficiente.
Algunos le triplicaban la edad, otros tenían mal olor, otros la miraban de una forma que le hacía sentir incómoda…
Hoy estaba en el mercado haciendo la compra para la cena que tenía en unos días con José el carpintero.
Suspiró, no era malo, un poco mayor para su gusto, tenía su dentadura al completo, era medianamente limpio, tenía un trabajo estable, era dueño de su propia carpintería…
Así a primera vista no era malo, pero tenía un problema: le gustaba empinar el codo, bastante si tenía que hacer caso a algunos rumores que circulaban.
Por supuesto que ninguno de sus padres le decía la razón por la que la querían casar tan deprisa, pero escuchando a escondidas descubrió que su dote haría pagar algunas deudas que tenían que saldar urgentemente.
Apretó los labios mientras cogía una calabaza y se quedó mirando al vacío, a su lado un hombre cogía algún tipo de fruta de la tienda y un soldado se quedaba mirando algún tipo de objeto de plata.
Se acordó de su tía, una mujer que nadie en la familia hablaba de ella, se decía que era una viuda negra y que había matado a cada uno de los maridos que había tenido.
Claro que nunca la habían acusado porque curiosamente siempre había sido ella la que había encontrado el cuerpo, aún así las malas lenguas no se habían hecho esperar.
María o como le gustaba llamarse a sí misma Sherezade, meditó un momento sobre qué hacer a continuación.
Su tía Francesca siempre la había recibido en su casa, claro que a escondidas, ya que ninguno de sus padres aprobaba que la viera, especialmente su madre ya que creía cada uno de esos rumores que circulaban sobre ella y los desafortunados accidentes que se habían llevado a cada uno de sus maridos.
Menos mal que era su propia hermana de quien hablaba.
Con cuidado de que no la viera nadie sacó un pequeño trozo de pergamino que su tía le había enviado después de descubrir lo que sus padres intentaban hacer con ella en una de sus reuniones clandestinas.
Volvió a leer la nota distraídamente.
Ladeó la cabeza mientras encerraba los ojos.
¿Eso era una dirección? ¿De qué le sonaba? Un viejo recuerdo le pasó por la mente.
Recordó que en los paseos con su tía cuando era pequeña, iba a un lugar muy extraño, a una vieja casa abandonada, donde al entrar se topaba con miles de objetos extraños que colgaban de los techos y paredes, la luz casi inexistente salvo por pequeñas velas estratégicamente colocadas a lo largo de la casa para proporcionar una luz adecuada.
Y una señora que le faltaban algunos dientes y tenía una verruga en su mejilla izquierda.
Su tía la dejaba en un sillón de esa cabaña (sorprendentemente cómodo) y le decía que fuera una buena niña y que la esperara unos minutos, le daba para entretenerse algún juego.
Nunca tardaba más de media hora y esa señora con esa verruga y sin dientes, a pesar de su aspecto un poco aterrador tenía ojos extraños, extrañamente vacíos.
Todos le decían que era la loca del pueblo, pero por lo poco que había interaccionado con ella, estaba segura de que no era así, que estaba más cuerda que todo el pueblo junto.
Simplemente era extraña, extraña y aterradora.
Eso sí, lo que sí recordaba con total claridad era la advertencia que siempre le daba su tía: no tocar nada ni tampoco probar ninguno de esos líquidos que veía en los miles de tarros que adornaban los muebles de esa casa.
Saliendo del recuerdo y mirando de nuevo la calabaza, reflexionó otro momento y decidió ver qué pasaría en esa cena con José el carpintero y qué tan ciertos eran los rumores sobre que le gustaba empinar el codo y si era así cuánto era así.
Si eran mentira tal vez y sólo tal vez le podría dar una oportunidad, de todos los que había conocido era el más decente y el que podría darle una vida medianamente cómoda.
Si le gustaba mucho empinar el codo…
Bueno siempre podría hacerle una visita a su tía, pedirle que la acompañara a esa vieja casa abandonada con esa anciana extraña pero amable (o al menos así siempre había sido con ella) y ver qué tan ciertos eran los rumores con respecto a sus maridos.
Tal vez y sólo tal vez había algunas tradiciones silenciosas que mantener y pasar a la siguiente generación.
MARÍA BLASCO | Utiel, Valencia, España, 2026
Actualmente en búsqueda de empleo y en proceso de formación laboral, María empezó a escribir hace dos años en una plataforma de empleo, un ejercicio que terminó por convertirse en costumbre y en confianza para compartir lo que escribe. Hoy publica cada semana en su Substack y mantiene un blog propio, donde conviven relatos que mezclan tradición popular, humor negro y un ojo atento a lo doméstico.
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